El edén de los Pirineos

Ruta ciclismo pirineos

Fue el barón Ramond de Carbonnières, geólogo y botánico francés de finales del XVIII, quien denominó así a este precioso valle pirenaico que, gracias a su aislamiento, ha logrado conservar su identidad a lo largo de los siglos. Hoy las cosas han cambiado bastante en sus bellos pueblos y el turismo va transformando la fisonomía del entorno, pero para los buenos aficionados a los puertos de montaña, el Val d’Azun continúa reuniendo todos los atractivos de un verdadero edén del cicloturismo.

El término ‘edén’ suele ser utilizado como sinónimo de ‘paraíso’, si bien esta última acepción se refiere en origen a un bello y extenso jardín, mientras que edén es una palabra semita para designar un lugar puro y natural. En el Génesis podemos leer: “Y Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado”. En este lugar, el supremo creador otorgaría al hombre todo aquello que necesitase para tener gozo, placer y armonía, y así no le faltaría de nada. También se dice que de él salía un río que luego pasaba a dividirse en otros cuatro cursos fluviales que daban fecundidad a todas las tierras en derredor.

Tras detenernos en esta atrevida exégesis bíblica y si os decidís a visitar en verano el bucólico Val d’Azun, no hay duda de que también vosotros acabaréis dando la razón al citado barón francés, que hace más de 200 años encontró en sus innumerables viajes por Europa motivos suficientes para bautizar así a este enclave natural en los Altos Pirineos. Nos encontramos en uno de los siete valles del Lavedan que ha conservado su idiosincrasia viviendo casi exclusivamente del ganado y, en menor medida, de la agricultura. Su orientación este-oeste, rarísima en los Pirineos, favorece un clima agradable en todos y cada uno de los diez pueblecitos situados entre los 600 y 1.000 m. de altitud, algunos de los cuales os proponemos visitar en este recorrido por el precioso valle pirenaico.

La vida en el valle de los Pirineos

Mientras pedaleamos por el río de asfalto del edén pirenaico –nos referimos, claro está al col de Soulordel que irán desviándose a izquierda y derecha las diversas y a cuál más interesantes rutas de montaña, iremos descubriendo los encantos de una tierra de pastores que han sobrevivido al paso del tiempo. Aquí y allá hallaremos granjas en las que degustar sus apreciados quesos que ellos como nadie saben elaborar con la buena leche de sus ganados de ovejas y vacas, esas mismas que, tras permanecer estabuladas al calor del heno durante el crudo invierno, parecen despertar con el comienzo de la primavera. Podemos entretener el tiempo contando las innumerables cabañas de pastores, rodeadas de praderas en las que los ganados pacen en libertad mientras aguardan la caída de la tarde. ¿No escucháis el dulce murmullo de sus cencerros? Os va a resultar imposible sustraeros al embrujo de ese sonido monótono y lánguido, pues nos cuentan que uno de cada diez animales lleva atado al cuello ese campano tan característico. Por doquier iréis encontrando molinos, muchos de ellos bien restaurados y transformados hoy en casas rurales (gîtes), que nos recuerdan la intensa actividad aquí reinante hace 300 años. Entonces eran más de 100 los que existían diseminados por todo el valle y en los que se molía el maíz, la cebada, el trigo o el mijo para todas las familias del territorio. Y si queréis recrear aquellos viejos tiempos, no dejéis de visitar el pequeño molino convertido en museo en Arcizans-Dessus, uno de esos serenos núcleos de población asentados en la gran llanura del Azun.

Como en tantos otros lugares de la Tierra, la religiosidad ocupa un lugar muy importante en la vida de los habitantes del valle: los siglos pasan, las tradiciones permanecen, como lo demuestran las romerías anuales de peregrinación a NotreDame de Pouey Laün, la “Capilla Dorada” del Valle d’Azun. Ese nombre debía significar algo así como “el montículo (pouey) de la fuente (laün)” y era una parada obligada antes de franquear la montaña. Allí se edificó un pequeño hospital y un oratorio para acoger a los peregrinos hacia Compostela. ¿Por qué construir una capilla tan suntuosa sobre el montículo que se alza sobre Arrens Marsous? Como en tantos sitios, también la leyenda viene a dar respuesta a nuestra pregunta: un vecino de dicho pueblo, cuya vida transcurría entre la oración y el trabajo, vio durante tres noches consecutivas iluminarse como con un fuego el pequeño monte (pouey). A la mañana del tercer día, acompañado por algunos pastores, subió hasta lo alto y allí encontró una imagen de la Virgen con el Niño en brazos. Les fue imposible bajar la estatua hasta la iglesia parroquial, por lo que decidieron elevar una capilla en su honor y atribuirle el nombre de su emplazamiento, Notre-Dame de Pouey Laün. Otra leyenda similar le concede el mismo origen de la capilla de Notre-Dame de Héas, en la subida hacia el espectacular Circo de Troumouse. Fueron asimismo unos pastores quienes vieron en diversas ocasiones cómo dos palomas se posaban junto a una fuente; parecía como si las aves quisieran atraer su atención, por lo que decidieron seguir con la vista su vuelo. Una de ellas se detuvo junto a la actual capilla de Héas, mientras que la otra prosiguió su vuelo por encima de las cumbres hasta que se la vio posada sobre el montículo del valle de Azun. Resplandor o palomas, ¿qué más da? Los habitantes del Val d’Azun sigue peregrinando cada 15 de agosto a rendir homenaje a la patrona del valle. Hay otras iglesias y ermitas interesantes en la llanura, algunas con pila de agua bendita reservada a los agotes (cagots dicen aquí), como signo de que la intolerancia no tiene fronteras ni físicas ni temporales. ¡Como si en el edén el placer y la armonía fueran patrimonio exclusivo de algunos!

Cimas majestuosas y puertos de montaña legendarios en el ciclismo

Si os gusta el montañismo, las cimas que dominan el Val d’Azun os aguardan: el Pic du Midi de Arrens Marsous con su bosque en herradura da la espalda a otras dos cumbres, la Pique de Arriougrand y el Pic de Batboucou -una en femenino y otro en masculino-, conocido éste último como “las orejas del burro”. De igual manera que los querubines protegían la entrada del Paraíso con su espada flamígera, el macizo de Gabizos (2.639 m.) cierra el fondo del valle, en tanto que los Picos de Pallas, de Cabaliros y del Grand Barabat son un reto continuo a los amantes de la alta montaña. Pero, sin duda, el “dios del valle”, tiene un nombre de gran reputación en el montañismo pirenaico desde que fue ascendido por vez primera en 1825: estamos refiriéndonos, como los buenos aficionados habrán adivinado ya, al prestigioso y majestuoso Balaïtous (3.144 m). Y como perdidos en las montañas también abundan los lagos de agua transparente, algunos naturales, de los que el más visitado y que dejamos para otra ocasión, es el Lac d’Estaing, y otros fruto del interés humano en extraer la energía que necesita para ser cada vez más y más poderoso, arrebatándosela a la madre naturaleza. Tal es el caso del Barrage de Tech, que algunos llaman lago, pero que no lo es en origen. Por otra parte, es al ciclismo a quien se debe la fama que el Val d’Azun ha ido cobrando en los últimos tiempos, en especial desde que desde principios del siglo XX el Tour lo ha ido atravesando para coronar el Col de Soulor en busca de la cima aún más mítica del Aubisque, que da acceso al valle de Ossau y el Béarn. Como un río central al que confluyen las aguas de los montes vecinos, en este eje longitudinal del valle confluyen otras rutas de montaña provenientes de collados de ineludible visita para los verdaderos “locos de las cumbres”.

Desde Aucun, cabeza del cantón, podremos elevarnos hasta las pistas de esquí del Col de Couraduque, un pequeño coloso desconocido. Y unos kilómetros más adelante, en Arrens tienen su inicio otros dos puertos de gran interés, el Col des Bordères, jalonado de bonitas granjas y espléndidas vistas sobre el valle, y el citado Barrage du Tech, al que se accede partiendo de la capilla de Notre-Dame de Pouey Laün, que nos acompañará en el esfuerzo final para gozar del inmenso placer de sentirnos auténticamente plenos en el edén de los Pirineos.

El río del Edén

Localización: Es la D-918, que partiendo de la localidad de Argelès-Gazost se dirige hacia al valle del Ossau a través del doble paso por este collado y su vecino el Aubisque.
Especificaciones: Carretera de unos 5 m. con señalización horizontal y tráfico frecuente. Las sombras abundan en el primer tramo y también en el final.
Fuentes: Al paso por todos los pueblos del recorrido dispondremos de alguna. Se desaconseja beber agua de los arroyos porque pueden estar contaminados por los numerosos ganados de vacas y ovejas.
Descripción: Para acceder a este renombrado col y deberemos remontar el Val d’Azun, un valle salvaje y luminoso, el país de los molinos en pleno Lavedan, la “mano abierta” en sus siete valles, como lo citaba Víctor Hugo. El trazado de este puerto puede considerarse como el eje longitudinal del valle, un verdadero “río del edén”. Iniciamos nuestra ascensión en una rotonda a la salida de Argelès-Gazost en dirección a Lourdes, la capital de las peregrinaciones en Francia. Para cuando conseguimos alcanzar la plaza de la villa, presidida por su flamante iglesia, ya habremos superado casi 40 m. de desnivel sobre un total de más de 1.000 a lo largo de los 20 km. totales del puerto. Unidas han quedado así las dos villas que conforman desde el siglo XIX la ciudad de Argelès, villa abalconada en terrazas sobre el río y auténtico nudo de comunicaciones de los principales cols del Pirineo. Hemos abandonado a la altura de la Gave de Pau la estación termal con su parque, su casino y sus bellas mansiones para asomarnos a la villa antigua, de calles estrechas y pintorescas plazas. Pero no tenemos tiempo de admirar el encanto de esta bella población; será mejor que rápidamente nos pongamos “piernas a la obra”. Vamos a por el Soulor.

Los primeros kilómetros nos van a resultar los más pesados tanto por su apreciable dureza como por el abundante tráfico que transita por esta ruta en toda época. Hasta Arras-en-Lavedan la pendiente se mantiene cercana al 8% con alguna rampa suelta de dos cifras, pero, con la atención puesta en los coches que nos adelantan y la protección continua de la sombra del bosque, apenas notaremos el cansancio cuando nos adentremos en la zona intermedia, que nos va a permitir un placer inusual en un puerto de esta fama: 4 km. de suave ascenso sin superar el 5% en ningún momento y, aún mejor, otros cinco más de paseo tranquilo y relajado entre praderas, campings, ganados pastando y preciosas vistas sobre las montañas que nos envuelven. Las posibilidades que se nos brindan a derecha e izquierda para disfrutar de algunos de los valles, lagos y collados más bellos del Pirineo nos invitan a experimentar un verdadero placer en el edén pirenaico.

Atrás van quedando las bellas localidades de Aucun y Marsous, con sus iglesias y construcciones típicas y, lo que es más necesario, sus refrescantes fuentes. Pero llegamos a Arrens, el centro del valle de Azun, donde nuestro agradable paseo por la amplia llanura intermedia que venimos de recorrer ha llegado a su final: el auténtico col empieza en esta población a la altura de su iglesia fortificada del siglo XV. Van a ser algo más de 7 km. de verdadera entidad que le confieren, añadidos a la distancia recorrida hasta este punto, una categoría de puerto de primera muy serio.

La sombra, que había desaparecido en las praderas del extenso valle anterior, vuelve a proteger nuestro esfuerzo y las curvas de herradura nos ofrecen continuos cambios de perspectiva, distrayéndonos así de las numerosas rampas por encima del 10% que, prácticamente sin excepción, se hacen notar en todos y cada uno de esos siete kilómetros finales. El momento de máxima tensión se halla justo antes de un puente metálico de color verde, que pone fin a una terrorífica rampa cercana al 17%: menos mal que es muy corta y no tiene tiempo de desmoralizarnos ante los cuatro mil inacabables metros que aún nos quedan para coronar. Cuando divisamos en lo alto el collado ya tenemos la plena certeza de que la victoria es nuestra, aunque aún deberemos emplearnos a fondo si no queremos vernos derrotados en el tramo final, también muy exigente. Al coronar tendremos varias opciones: continuar en dirección al Aubisque

Como los pájaros

Localización: En la D-918, a su paso por Aucun, deberemos tomar a mano derecha la carretera que indica hacia la estación de Couraduque
Especificaciones: Ruta asfaltada de montaña de unos 4 m., con señalización horizontal y sombras en la primera mitad. Tráfico escaso; suele permanecer abierta en época invernal al tratarse de una estación de esquí.
Fuentes: En la localidad de inicio deberemos acordarnos de llenar el botellín, porque no encontraremos ninguna hasta el bar de la Estación
Descripción: El Val d’Azun consta de once pueblos, tres valles enlazados, cuatro cols, picos montañosos, gaves (ríos), kilómetros de carretera y pistas esquiables, senderos por descubrir y… una escuela de Parapente, la CERPP, la más antigua del mundo. Seguro que en alguna ocasión, en pleno esfuerzo a una altitud que nos permita unas vistas panorámicas sobre el entorno, habremos tenido la tentación de abandonar nuestra montura metálica y convertirnos, aunque sea por unos minutos, en un ave que pudiera alzar su vuelo majestuoso sobre ese paisaje que nos tiene cautivados. En la Estación de Couraduque podremos ver cumplido ese sueño a nada que lleguemos con la energía suficiente para cambiar de deporte, en una especie de “duatlón aéreo”, y lanzarnos al vacío en alguno de los numerosos parapentes que desde ese lugar acostumbran a hacerlo cada día… con buen tiempo.

Para alcanzar esa cima tentadora, partiremos de Aucun, la capital del cantón, tras haber rendido visita, si nos gusta el arte, a su iglesia construida entre los siglos XI y XV con portada románica de bella fábrica. Este bonito lugar alberga en el invierno poco más de 200 habitantes que ven como el turismo va alterando la tranquilidad que durante siglos ha sido su ambiente natural. Nos enfrentaremos a una dura ascensión, que no llega siquiera a los 7 km., pero de una dureza considerable; mucho mayor, claro está, si hemos partido de Argelès, compartiendo durante 10 km. la subida al Col de Soulor, la ruta principal del valle. Y para que nadie se llame a engaño, desde el mismo inicio el col se nos muestra en toda su crudeza con rampas de hasta el 12% y dos kilómetros al 9% de pendiente media. Con echar un vistazo a la altigrafía que acompaña a estas líneas, ya vemos que el tramo siguiente nos obliga a mantener nuestro esfuerzo en nuevas rampas, aunque la dificultad media de cada kilómetro sea algo menor. Conviene ser precavidos y recordar que la zona final vuelve a oponernos una pendiente del 9% que irá cediendo paulatinamente poco antes de coronar.

Las vistas de las que hemos podido gozar a lo largo de toda la escalada habrán abierto el apetito a los más osados, que quizás se planteen un descenso en vuelo libre admirando desde el cielo el maravilloso Val d’Azun. Si no nos atrevemos a tanto, por lo menos deberemos aprovechar para contemplar desde esos 1.367 m. el Balaïtous, el Pico del Midi d’Arrens, el Cabaliros y el macizo del Hautacam. ¡Grandiosos Pirineos! Y si no os importa mucho el buen estado de vuestra bicicleta, o si habéis llegado hasta aquí en BTT, os recomendamos encarecidamente que descendáis por la pista de tierra de la vertiente opuesta en busca de un nuevo y solitario col que parece alejado de las rutas cicloturistas habituales y sin embargo encierra un enorme interés: el Col de Spandelles. Si algún día se asfaltara ese corto tramo de poco más de dos kilómetros, hoy impracticables en nuestras flacas, las oportunidades de nuevos diseños de fantásticas excursiones, se multiplicarían para deleite de todo “loco de las cumbres”. Sigamos soñando…

Emulando a Indurain

Localización: Partimos de Arrens-Marsous por la D-105 en dirección al Lac du Tech, para desviarnos en 600 m. hacia la izquierda buscando el valle de Estaing.
Especificaciones: Algún bache suelto no es impedimento para que gocemos de una ruta estrecha y sin tráfico. Sombras a ratos.
Fuentes: Ninguna en el puerto, así que deberemos aprovisionarnos en el pueblo inicial.
Descripción: ¿Os acordáis del cada vez más lejano 1989? Sí, hombre, aquel Tour en el que Lemond dejó a Fignon con un palmo de narices en la contrarreloj final por unos ridículos 8 segundos, ¡menudo chasco para los franceses! Pues en aquella edición sólo pudo verse una victoria española y, como no podía ser menos, fue a caer en manos del mejor ciclista español de la historia, Miguel Indurain. La etapa partía de Pau para llegar a Cauterets y se atravesaban los puertos de Marie Blanque, Aubisque, Bordères y finalmente Cambasque. El ciclista de Villaba, trabajando para Perico Delgado, había abandonado en el descenso del Marie Blanque el grupo del “maillot jaune”, Greg Lemond, para ir en busca del fugado del día, Robert Forest.

Lo atrapó antes de coronar el Aubisque con 2’19’’ sobre Herrera y Theunisse y algo más sobre el líder y sus acompañantes. Roche y Breukink transitaban a 6’: se acabó el Tour para ellos. Anselmo Fuerte y Javier Murguialday saltan a por el navarro en el descenso del “Aubisqui” –Perico dixit- pero éste aún les toma más diferencia en la cima del Col des Bordères (2’54’’) y más de 4’ al grupo de Lemond. Como veis, en el puerto que nos ocupa el gran Miguel estaba fraguando su leyenda tras haber vencido ese mismo año en la París-Niza y el Criterium Internacional. Finalmente, fue el vencedor en Cauterets con 27” sobre Fuerte y 1’29” sobre Delgado. Todavía no había llegado su momento estelar con su primera victoria en la Grande Boucle, que se produjo dos años más tarde. ¡Qué tiempos aquellos! Bien, pues hoy queremos emular a Indurain rememorando su gesta en esa jornada pirenaica, mientras ascendemos tranquilamente y sin prisas el precioso collado de Bordères, que une los valles de Arrens y de Estaing. Tras un inicio en falso llano hasta tomar el cruce hacia el puerto, enseguida veremos cómo las rampas se hacen notar y casi de improviso deberemos hacer frente a un terrible 16%, justo antes de dejar a la derecha el cruce a Les Esclaus. Es el punto más exigente de un corto ascenso, pero las rampas son continuas, superándose en varias ocasiones el temido 10%. Al coronar, pedalearemos de manera sosegada durante unos 200 m. que, tras dejar atrás el cartel del col (1.156 m.), incluso nos elevan a una altitud algo superior a la indicada.
Si preferís ascender por la vertiente opuesta, desde Estaing, el esfuerzo será más breve aún, si bien con mayor pendiente media total y, eso sí, con diversas rampas de doble dígito. Lo hagáis por donde lo hagáis, disfrutaréis de una ruta agradable donde las haya, entre prados y cabañas de pastores, que nos hacen retroceder en el tiempo a un Val d’Azun bien diferente al actual. Como diferente y mucho a la del navarro, será la velocidad con la que coronaremos si pretendemos derrotar a nuestros amigos cicloturistas. Y es que Indurain sólo hay uno, por más que nos empeñemos.

Solos en la montaña

Localización: La D-105 parte de Arrens Marsous en la D-918, para dirigirse a la izquierda al Lac du Tech y la Centra Eléctrica de Migouélou.
Especificaciones: Carretera de montaña de unos3,5 m., sin señalización horizontal y ausencia total de tráfico. Las sombras nos acompañan a lo largo de casi toda la ascensión. Restricciones de paso en época invernal.
Fuentes: Conviene proveerse del líquido elemento en el pueblo inicial, porque hasta apenas un centenar de metros antes de la verja final no encontraremos fuente alguna.
Descripción: Cuando el amor a la montaña y el deseo de soledad se juntan –algo que tampoco suele ser extraño- hay rutas que reúnen todos los ingredientes para disfrutar de ambas aficiones, y ésta que os proponemos es una de ellas. El pedalear a primera hora de la mañana o al atardecer por la carretera que conduce al Barrage (presa) du Tech, despertando o dando las buenas tardes al ganado que pasta en libertad y que a veces invade el asfalto -¿quién invade a quién?-, es una de esas experiencias que a algunos nos dejaron un recuerdo imborrable. Si tuviéramos que destacar algún atractivo especial de esta ascensión no nos fijaríamos en la dureza de sus rampas, para nada exageradas, ni en unas vistas panorámicas espectaculares, que tampoco lo son, sino que resaltaríamos sin duda esa agradable sensación de estar solos en medio de la naturaleza y esa madre nunca falla. Al dejar atrás las últimas casas de Arrens, el Sanatorio y Capilla de Notre-Dame de Pouey Laün nos dicen “hasta luego” y dándonos ánimos para afrontar con entereza las primeras rampas de dos cifras que aparecen de improviso. Vamos remontando de manera escalonada el curso de la Gave d’Arrens, que fluye sonora a nuestra izquierda y encontraremos de vez en cuando algún breve descenso para descansar las piernas. Al atravesar un puente con barandilla de color verde daremos inicio al tramo más exigente, de apenas un par de kilómetros, antes de llegar a contemplar las aguas del embalse, mientras el muro de piedra de la presa ha quedado a nuestra altura. Pedalearemos ahora durante 800 m. llanos admirando el espejo de sus aguas transparentes en las que se reflejan las cumbres montañosas que rodean a este lago artificial. Su construcción tuvo lugar en 1951 para surtir de energía eléctrica a todo el Val d’Azun, aprovechando también las aguas que descienden desde el Lac Migouélou casi 700 m. más alto. Al final de nuestro relajado paseo por la orilla del embalse hallaremos un área recreativa situada estratégicamente para brindar unas maravillosas vistas de las tranquilas aguas del lago, mientras podemos leer el cartel explicativo que nos habla de que el Pic Balaïtous es el primer 3.000 partiendo desde el lejano Cantábrico. Podremos asimismo contemplar en silencio, para no romper el encanto del lugar, a los pescadores que se afanan en conseguir alguna de las 5.000 truchas con las que se repuebla el lago cada dos años.

Y tras el relax, el esfuerzo llama a la puerta: el siguiente kilómetro va a ser el más duro de toda la subida con rampas que alcanzan en un par de ocasiones el 12%. Después, de nuevo vuelven a alternarse los tramos cuesta abajo con rampas de doble dígito, pero la dureza general va en disminución hasta llegar al parking en el que los montañeros dejan sus coches antes de partir hacia cualquiera de esos montes que les atraen irremediablemente a hollar su cima. Y ya sólo nos queda el último tramo kilométrico para pasar junto al refugio del que parten varias sendas hacia la montaña y, tras trazar la última curva en vaguada, toparnos con la verja metálica que impide la entrada a la Central Eléctrica de Migouélou. Es una pena que el tupido bosque evite que podamos admirar desde los casi 1.500 m. el panorama circundante, pero sólo tenemos que dejarnos caer nuevamente hacia el lago para disfrutar de esa soledad que nos ha embargado durante la última hora de nuestra vida. Y es que la vida aquí transcurre mucho más lentamente: puedes comprobarlo por ti mismo.

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